13 de diciembre de 2013

La adoración de los Magos, de Sandro Botticelli


LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS
de 
Sandro Botticelli

El mecenas
A finales del siglo XV, con la Edad Media agonizando y el Renacimiento emergiendo, la República de Florencia, en manos de la familia Médici desde 1434, ocupa un papel protagonista en los cambios que se estaban produciendo. Entre los cortesanos de la corte medicea se encontraba Guasparre del Lama, un advenedizo agente de bolsa, prestamista y cambista que intentaba hacerse un hueco entre la aristocracia florentina. Uno de los medios para lograrlo era el mecenazgo de obras de arte, por ello decidió encargar en 1475 un cuadro sobre el tema de la Adoración de los Magos para su capilla privada en Santa María Novella. El artista elegido para llevarlo a cabo fue un florentino, joven pero talentoso, llamado Sandro Botticelli. La pintura debía además ayudar al mecenas a congraciarse con los Médici, debido a diversos problemas que había tenido con la justicia por malversación de fondos. Por ese motivo pidió al pintor que retratara a la familia Médici y su corte como personajes del cuadro.

Los personajes


Así lo hizo Botticelli, empezando por los mismos Reyes Magos, a quienes pintó con los rasgos de tres Médici ya difuntos, pero claves en la historia de la dinastía. Al fundador de la misma Cosme el Viejo, le correspondió el papel principal, actuando de rey Gaspar. Aparece representado con una enjoyada túnica negra, arrodillándose para besar los pies del niño Jesús. Unos peldaños más abajo aparecen los otros dos reyes, presentando sus ofrendas. Se trata de los dos hijos de Cosme: el mayor es Pedro, apodado el Gotoso, viste unos llamativos ropajes rojos; a su lado está Juan vestido de blanco.




También aparecen los dos hijos de Pedro el Gotoso, quienes gobernaban la ciudad por aquellas fechas: a la izquierda, justo detrás de Cosme el Viejo se encuentra Lorenzo el Magnífico, vestido de blanco y tocado con un vistoso sombrero; a la derecha se encuentra Juliano, de negro y rojo, que tres años después sería apuñalado durante la conjura de los Pazzi, mientras salía de una misa en Santa María de Fiore. Justo a su espalda se puede ver al donante de la obra, se trata del anciano canoso que mira hacia el espectador y se señala con el dedo.


Entre el séquito se encuentran otras figuras destacadas de la corte florentina, como el filósofo Pico della Mirandola, gran impulsor del pensamiento neoplatónico, o el poeta Angelo Poliziano. El propio artista no se pudo resistir y pintó su autorretrato, se trata del joven vestido de amarillo que nos mira desde el extremo derecho del cuadro.





La composición
El éxito de esta tabla pintada al temple fue inmediato, no sólo por los afamados retratos que aparecen en ella, sino especialmente por su calidad técnica. Destaca tanto por los vistosos y variados colores, perdidos en gran medida por la mala conservación y una serie de defectuosas restauraciones; como por la complejidad a la hora de distribuir los personajes, cada uno con una pose diferente: de espaldas, de perfil, de frente, de cuerpo entero, arrodillado, inclinado... Sin embargo el rasgo que más huella dejó fue su peculiar composición, hasta ahora las epifanías se solían representar con todas las figuras en el mismo nivel, como si se tratase de una procesión con los reyes a la cabeza, pero Botticelli propone una estructura cerrada en forma de pirámide, con San José, la Virgen y el Niño en la cúspide, y escalonando en diversos niveles el resto de personajes. Así se consigue mayor jerarquía de las figuras y más espacio para las mismas al colocarlas en varios planos, permitiendo además dotarlas de mayores detalles. Esta composición sería imitada posteriormente por otras figuras del Renacimiento como Filippino Lippi o Leonardo da Vinci.


   
El favor de los Médici
Gracias a esta obra el pintor logró gran fama en Florencia, llegando a ser la máxima figura pictórica de la Edad de Oro florentina. También le permitió ganarse el favor de los Médici, quienes pasaron a ser sus mayores mecenas. Bajo su protección realizó sus obras maestras La Primavera y El Nacimiento de Venus. Su talento hizo que el papa Sixto IV le llevase a Roma para decorar parte de la Capilla Sixtina. Desde 1494 entra en decadencia por la expulsión de los Médici de Florencia y el ascenso del predicador dominico Savonarola, que llegó a quemar varias de sus obras al considerarlas impías.

Otros cuadros del autor en alta resolución de la página Art Project, de Google:

13 de noviembre de 2013

Roger liberando a Angélica, de Dominique Ingres



ROGER LIBERANDO A ANGÉLICA
de
Dominique Ingres

Orlando Furioso
A comienzos del siglo XIX en Francia, tras la vorágine de acontecimientos de la Revolución Francesa y del Imperio Napoleónico, se puso de moda la recuperación de la literatura medieval, especialmente si era de tipo caballeresco y estaba ambientada en suelo patrio. Una de las obras más demandadas fue el Orlando Furioso del italiano Ludovico Ariosto, cuya versión definitiva se acabó de escribir en 1532. Se trata de un poema épico de tipo caballeresco, escrito en lengua romance, ambientado en tiempos de Carlomagno y protagonizado por varios de sus caballeros, como el propio Orlando, también llamado Roldán -famoso por su heroica muerte ante los vascones en la batalla de Roncesvalles, narrada en la Canción de Roldán-. 

Roger y Angélica
Entre los admiradores del poema se encontraba uno de los principales pintores neoclasicistas franceses, Dominique Ingres, que utilizó uno de los pasajes de la obra como inspiración para pintar este cuadro en 1819. Según el canto X del poema, la princesa Angélica la Bella, hija del rey de Catay, un remoto reino del extremo Oriente, fue secuestrada por los habitantes de la Isla de Llanto, junto a las costas de Hibernia, para ofrecerla como tributo a un monstruo marino que les atormentaba. Despojada de sus ropas y encadenada a una roca en medio del mar, la princesa esperaba su horrible final cuando el azar hizo que el caballero Roger, a lomos de un hipogrifo -un animal híbrido, mitad caballo y mitad águila-, sobrevolase aquél territorio y viese a la joven en apuros. Fiel a sus votos de caballero y tras caer enamorado por su belleza, se lanzó sobre el monstruo, que comenzaba a salir de las aguas, dispuesto a dar su vida por la de la doncella. Tras un duro combate, y al ver que sus armas eran incapaces de causar herida alguna a la bestia, acaba usando una treta, ciega con el reflejo de su escudo al monstruo y aprovecha su desconcierto para desatar a la joven y huir con ella.

La Leyenda Dorada
El trinomio héroe-doncella-monstruo es un clásico tanto de la literatura como del arte, símbolo del triunfo de la voluntad del hombre o de la fe, frente a la adversidad o el mal. Los mejores ejemplos son los de Perseo, el héroe griego rescatando a lomos de Pegaso a la joven Andrómeda cuando iba a ser devorada por otro monstruo marino; y el de San Jorge, el caballero cristiano, muy afamado en la Edad Media gracias a la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, que salva a la princesa de un maligno dragón. Las similitudes con la historia de Roger y Angélica son claras, pero también hay curiosas diferencias, ya que Roger no llegó a matar al monstruo como habían hecho sus predecesores; y la bella y pura princesa, que es el premio por sus esfuerzos, ni siquiera era doncella, pues había tenido aventuras amorosas con numerosos caballeros a lo largo del poema, además no correspondió al amor del caballero, al que engañó y abandonó en cuanto tuvo la primera ocasión.

Dominique Ingres
Igualmente la pintura de Ingres está llena de peculiaridades, discípulo del aclamado Jacques Louis David, máxima figura del Neoclasicismo, su estilo no acabó de encajar en el taller del artista y se pasó la mayoría de sus años en Roma, estudiando directamente a los clásicos. En unos tiempos en los que los elogios iban a parar a las obras que exaltaban las victorias militares de Francia, sus cuadros de temas medievales o sus odaliscas medio desnudas ocupaban un papel secundario. Sin embargo su técnica, basada en el papel dominante del dibujo frente al color es plenamente neoclásica. Paradójicamente fueron los pintores impresionistas, sobretodo Renoir y Degas, que defendían la postura opuesta, la preponderancia del color frente al dibujo, quienes más le admiraron.

Los detalles





Los esbozos del cuadro muestran que preparó a conciencia la figura de Angélica, dedicándola la mayoría de sus dibujos. Está situada en el centro, entre Roger y el monstruo, concediéndola el foco de atención, a pesar de no ser la protagonista de la acción. Ingres fue un especialista en la representación del desnudo femenino, tema recurrente en su obra.  La princesa tiene todas las características de sus desnudos: con la piel blanca, marmórea, deslumbrante; la postura del cuerpo siempre forzada, en una posición casi irreal, en este caso marcada por la contorsión exagerada del cuello; y por último la fuerte expresión del rostro femenino, en esta pintura mostrando desmayo, destacando sobremanera los ojos, totalmente en blanco.






A su izquierda se encuentra el héroe justo en el momento de cargar contra la bestia, volcado hacia delante y marcando una fuerte diagonal con su lanza que nos lleva hasta la cabeza del monstruo. Viste una capa blanca que ondea al viento y brillante armadura dorada que sin embargo no destaca en exceso al difuminarse con el color de la roca y las alas de su montura. El hipogrifo por su parte muestra el movimiento contrario, hacia atrás, en una postura extraña, casi rampante, imitando a las figuras heráldicas. Se aprecia perfectamente su origen híbrido, con la cabeza, alas y garras de águila, y los cuartos traseros de un caballo.


El monstruo apenas ocupa un pequeño espacio en la esquina del cuadro, surgiendo de las aguas, su aspecto es más el de una serpiente marina. No parece excesivamente terrorífico ni poderoso ni amenazante. Parece que el pintor prefirió ceder el protagonismo al entorno,  que es el que consigue esa sensación dramática y de tensión: en mitad de la noche, con el cielo totalmente oscurecido, la roca con Angélica encadenada, solitaria en medio de un mar embravecido, el oleaje que golpea con fuerza  los pies de la joven...



Otras obras del artista en alta resolución en Art Project, de Google:

13 de octubre de 2013

Héctor y Andrómaca, de Chirico



HÉCTOR Y ANDRÓMACA
de 
Giorgio de Chirico



El artista
Los caprichos de la vida llevaron a Giorgio de Chirico, hijo de un siciliano y de una genovesa, a nacer en Volos, Grecia, en 1888. Sería en Atenas, entre las ruinas de la antigüedad clásica que tanto le influirían, donde comenzaría su formación como pintor, que completaría tanto en Florencia como en Múnich. En la ciudad alemana encontraría además una nueva pasión, la filosofía, gracias a sus lecturas de Nietzsche y Schopenhauer. De forma inevitable sus dos grandes obsesiones, el arte clásico y la filosofía, se verían entrelazados en su obra pictórica, hasta el punto de crear un nuevo movimiento artístico, la pintura metafísica, que causaría gran admiración a comienzos del siglo XX, especialmente para los surrealistas que encontraron una fuente de inspiración clave.


La pintura metafísica
Esta nueva pintura pretendía explorar la realidad como no se había hecho hasta ahora, de forma transcendente, llegando hasta la esencia de las cosas, a su valor absoluto. Para lograrlo proponía coger fragmentos de dicha realidad, generalmente objetos cotidianos y ubicarlos fuera de su contexto, para así conseguir resaltar sus cualidades más importantes, aquellas que a simple vista nos pasan desapercibidas. En el caso de Chirico utilizaba como escenario las típicas plazas italianas, simplificadas en formas geométricas, proyectando en ellas una luz plana y crepuscular que generaba grandes sombras, transmitiendo una sensación un tanto onírica. En esos amplios espacios vacíos ubicaba los objetos, aislados los unos de los otros, sin aparente relación, dejando que el espectador estableciese su significado y el diálogo entre los elementos. El resultado final son cuadros misteriosos, que ocultan una verdad por descifrar.


Héctor y Andrómaca
Una de sus obras más conocidas es este lienzo llamado Héctor y Andrómaca. El título es revelador puesto que a simple vista nos encontramos ante dos sencillos maniquíes en medio de un amplio espacio vacío, donde apenas se insinúan un par de edificios. Sin embargo se trata del héroe troyano y de su esposa, dos de los personajes más importantes de la Ilíada de Homero. Es fácil pensar que nos encontramos ante el momento en que la pareja se ve forzada a despedirse sin saber si se volverán a ver, ya que Aquiles, el héroe aqueo, tras la muerte de su amigo Patroclo, ha retado a Héctor a un combate singular del que sólo uno de los dos saldrá vivo. Chirico logra captar el dramatismo del momento con dos simples maniquíes que intentan abrazarse, tocarse, acariciarse, algo que resulta, evidentemente, tarea imposible. No es casual que el artista pintase dos versiones de este cuadro en fechas tan concretas, el primero en 1917 durante la Primera Guerra Mundial, el segundo en 1945 al acabar la Segunda Guerra Mundial; ni tampoco el tema, la despedida de Héctor y Andrómaca, que simbolizan el amor conyugal, el amor familiar, roto por los desastres de la guerra.


La composición
A la hora de componer la obra, el pintor ha optado por la sencillez, los protagonistas, con su gran tamaño ocupan un espacio central, a ambos lados intuimos un par de edificios que enmarcan la escueta escena. Las líneas  del suelo marcan el punto de fuga que nos lleva a un fondo neutro, inexistente. Si nos fijamos en la luz, tiene un papel esencial, proyectada desde fuera del cuadro, por su lado derecho, apenas tiene altura, generando alargadas sobras y ayudando a dar volumen a las figuras. En cuanto a los colores, dominan la calidez de los rojos, amarillos, naranjas, tanto de los maniquíes como de los edificios, contrastando fuertemente con la frialdad del azul del fondo. Sumados ambos, luz y color, Chirico logra dar vida a unas figuras aparentemente inertes.


Los detalles



A pesar de tratarse de dos cabezas sin facciones humanas, sin rasgos definidos como los de vulgares maniquíes, los rostros de Héctor y Andrómaca son capaces de transmitir un conjunto de sentimientos enfrentados: desde el amor, la ternura y el cariño, hasta la tristeza, el temor y la melancolía. Todo ello gracias a unos pocos recursos, como la inclinación de las cabezas que parecen acariciarse, las líneas de las costuras que surcan sus caras, y especialmente el juego de luces y sombras que dan un mayor dramatismo a la escena.






Un conjunto de retazos unidos en apariencia de forma caótica, constituyen el cuerpo de los protagonistas, quizás como una metáfora más dentro del cuadro de Chirico. Las distintas piezas proceden de diversos materiales: madera, cartón, metal, tela, cuero... Como si se tratase de un pequeño bodegón, el artista ha reflejado con detalle las diferentes características de los objetos, sus texturas, sus colores, sus brillos...







Protagonista ineludible en toda su producción pictórica, la “sombra” siempre está presente, alargada y misteriosa. Extendida sobre una amplia superficie del cuadro, fruto de una iluminación en un ángulo muy marcado, parece ir en aumento y querer atrapar todo lo que la rodea. El resultado produce una sensación extraña e inquietante, un misterio más para al espectador.