13 de marzo de 2013

Piedad, de William Bouguereau


PIEDAD
de
William Bouguereau



El artista
Hoy en día todo el mundo conoce a Monet, Degas, Renoir... las grandes figuras del Impresionismo, universalmente reconocidos como grandes maestros de la pintura. Pero es mucho más difícil encontrar a alguien que conozca a William Bouguereau, con quien convivieron a finales del siglo XIX. Sin embargo en aquella época este último era quien gozaba de fama mundial, ganador dos veces del Premio de Roma, profesor de la Escuela de Bellas Artes de París, presidente de la Asociación de Artistas Franceses, condecorado con la Legión de Honor... sus cuadros eran muy demandados en Europa y Estados Unidos, se le consideraba el máximo representante del academicismo y el mejor pintor francés del siglo. Su estilo chocó frontalmente con el de impresionistas y modernistas, quienes llegaron a acuñar el término bougueresco empleado de forma peyorativa para describir una obra de arte vacía y artificial. En vida su gloria se mantuvo intacta pero con la llegada del siglo XX se generalizó esa visión negativa de sus pinturas que le acabó condenando al ostracismo y al olvido. Solamente en los últimos años se está empezando a recuperar su figura y su producción artística.

Academicismo
Como buen academicista, sus obras estaban marcadas por la tradición clásica de composiciones equilibradas, predominio del dibujo, idealización de las figuras humanas y armonía entre los colores. Su trabajo fue siempre concienzudo, realizando minuciosos bocetos para cada uno de sus lienzos, dando mayor importancia al dibujo, en el que era un virtuoso, que al color. Uno de los aspectos que incluso la crítica tuvo que reconocer era la perfección técnica de su pincelada, cuidada al máximo detalle, hasta el punto que ni si quiera se notaba sobre la tela, dando a sus cuadros un fuerte aspecto fotográfico. Famosos son sus cuerpos desnudos, donde la piel tiene una blancura irreal casi translúcida, en la que se puede apreciar las venas azuladas. Sus temas favoritos fueron los mitológicos, especialmente de contenido amoroso, pero sobretodo pintó escenas idílicas de campesinos, protagonizadas por niños o jóvenes en actitudes cotidianas, con un tono amable y melancólico, que fueron muy demandadas. También realizó numerosos retratos y pintura religiosa, de la cual uno de los mejores ejemplos es esta Piedad

La composición
El cuadro fue pintado en 1876 como una muestra de dolor por la muerte de uno de sus hijos. Bouguereau aportó su versión a un tema, el de la Piedad, infinidad de veces tratado en el arte. Plantea una composición muy clásica y sencilla, Cristo y la Virgen ocupan la posición central, ella aparece sentada sosteniendo el cuerpo de su hijo en su regazo, muy similar a las theotokos del arte bizantino, un tipo iconográfico donde María sienta al niño en sus rodillas como si estuviese entronizado. Entorno a los dos personajes centrales, nueve ángeles acuden a llorar la muerte de Jesús, dibujando un círculo a su alrededor. En la zona inferior derecha varios objetos relacionados con la Pasión, equilibran el espacio a los pies de las figuras. El pintor ha renunciado al fondo, aunque se intuye una puesta de sol crepuscular, y la profundidad queda reducida a la superposición y volumen de las diferentes figuras. La luz se distribuye uniformemente y hace destacar la cuidadosa y equilibrada selección de colores, especialmente la palidez del cadáver de Cristo, casi irreal, que además hace que nos fijemos en el logrado dibujo anatómico.

Los detalles




Aunque el luminoso cuerpo de Jesús, atrae todas las miradas en un primer momento, el punto central del lienzo está en el rostro de su madre. El artista ha optado por una representación hierática, evitando los gestos graves y el movimiento. La Virgen llora en silencio la muerte de su hijo, pero no por ello el sufrimiento es menor. Con la cabeza cubierta por una túnica negra de luto, los ojos enrojecidos por el llanto y los labios cerrados en un rictus de angustia, clava su mirada en el espectador. Sus manos entrelazadas sujetan con fuerza el cuerpo exánime, negándose a aceptar la pérdida del ser querido. Las aureolas cobran un gran protagonismo por su gran volumen y su color dorado, inspirado en el arte bizantino y sus iconos, ayudando a resaltar la importancia de sus rostros.
    




En contraste con la Virgen, los ángeles que la acompañan sí muestran abiertamente su dolor, como si se tratase de un cortejo de plañideras. Cada uno de ellos tiene una expresión y realiza unos gestos diferentes: manos al corazón, elevadas al cielo, tapándose el rostro, orando...  Al ser ángeles sus cuerpos son andróginos y sus rostros muy similares. Bouguereau planeó meticulosamente su distribución circular entorno a Jesús y María, superponiéndose unos sobre otros para ocupar todo el espacio de forma escalonada. Igual de minuciosa es la selección del color de sus túnicas, cada una diferente pero en un mismo tono que mantiene la unidad y armonía.










A los pies de la Virgen, como si se tratase de un pequeño bodegón, encontramos un aguamanil y una jofaina dorados con los que se ha lavado el cuerpo de Cristo tras bajarlo de la cruz. También aparece la corona de espinas y un paño ensangrentado en referencia al martirio sufrido. La elección de estos objetos podrían hacer referencia al sacrificio realizado por Jesús para limpiar a la humanidad del pecado original. En el pequeño escalón podemos ver además la firma del autor, grabada en la piedra: W - Bouguereau - 1876.


Otros cuadros del artista, en alta resolución, de la pagina Art Project Google:

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