13 de octubre de 2013

Héctor y Andrómaca, de Chirico



HÉCTOR Y ANDRÓMACA
de 
Giorgio de Chirico



El artista
Los caprichos de la vida llevaron a Giorgio de Chirico, hijo de un siciliano y de una genovesa, a nacer en Volos, Grecia, en 1888. Sería en Atenas, entre las ruinas de la antigüedad clásica que tanto le influirían, donde comenzaría su formación como pintor, que completaría tanto en Florencia como en Múnich. En la ciudad alemana encontraría además una nueva pasión, la filosofía, gracias a sus lecturas de Nietzsche y Schopenhauer. De forma inevitable sus dos grandes obsesiones, el arte clásico y la filosofía, se verían entrelazados en su obra pictórica, hasta el punto de crear un nuevo movimiento artístico, la pintura metafísica, que causaría gran admiración a comienzos del siglo XX, especialmente para los surrealistas que encontraron una fuente de inspiración clave.


La pintura metafísica
Esta nueva pintura pretendía explorar la realidad como no se había hecho hasta ahora, de forma transcendente, llegando hasta la esencia de las cosas, a su valor absoluto. Para lograrlo proponía coger fragmentos de dicha realidad, generalmente objetos cotidianos y ubicarlos fuera de su contexto, para así conseguir resaltar sus cualidades más importantes, aquellas que a simple vista nos pasan desapercibidas. En el caso de Chirico utilizaba como escenario las típicas plazas italianas, simplificadas en formas geométricas, proyectando en ellas una luz plana y crepuscular que generaba grandes sombras, transmitiendo una sensación un tanto onírica. En esos amplios espacios vacíos ubicaba los objetos, aislados los unos de los otros, sin aparente relación, dejando que el espectador estableciese su significado y el diálogo entre los elementos. El resultado final son cuadros misteriosos, que ocultan una verdad por descifrar.


Héctor y Andrómaca
Una de sus obras más conocidas es este lienzo llamado Héctor y Andrómaca. El título es revelador puesto que a simple vista nos encontramos ante dos sencillos maniquíes en medio de un amplio espacio vacío, donde apenas se insinúan un par de edificios. Sin embargo se trata del héroe troyano y de su esposa, dos de los personajes más importantes de la Ilíada de Homero. Es fácil pensar que nos encontramos ante el momento en que la pareja se ve forzada a despedirse sin saber si se volverán a ver, ya que Aquiles, el héroe aqueo, tras la muerte de su amigo Patroclo, ha retado a Héctor a un combate singular del que sólo uno de los dos saldrá vivo. Chirico logra captar el dramatismo del momento con dos simples maniquíes que intentan abrazarse, tocarse, acariciarse, algo que resulta, evidentemente, tarea imposible. No es casual que el artista pintase dos versiones de este cuadro en fechas tan concretas, el primero en 1917 durante la Primera Guerra Mundial, el segundo en 1945 al acabar la Segunda Guerra Mundial; ni tampoco el tema, la despedida de Héctor y Andrómaca, que simbolizan el amor conyugal, el amor familiar, roto por los desastres de la guerra.


La composición
A la hora de componer la obra, el pintor ha optado por la sencillez, los protagonistas, con su gran tamaño ocupan un espacio central, a ambos lados intuimos un par de edificios que enmarcan la escueta escena. Las líneas  del suelo marcan el punto de fuga que nos lleva a un fondo neutro, inexistente. Si nos fijamos en la luz, tiene un papel esencial, proyectada desde fuera del cuadro, por su lado derecho, apenas tiene altura, generando alargadas sobras y ayudando a dar volumen a las figuras. En cuanto a los colores, dominan la calidez de los rojos, amarillos, naranjas, tanto de los maniquíes como de los edificios, contrastando fuertemente con la frialdad del azul del fondo. Sumados ambos, luz y color, Chirico logra dar vida a unas figuras aparentemente inertes.


Los detalles



A pesar de tratarse de dos cabezas sin facciones humanas, sin rasgos definidos como los de vulgares maniquíes, los rostros de Héctor y Andrómaca son capaces de transmitir un conjunto de sentimientos enfrentados: desde el amor, la ternura y el cariño, hasta la tristeza, el temor y la melancolía. Todo ello gracias a unos pocos recursos, como la inclinación de las cabezas que parecen acariciarse, las líneas de las costuras que surcan sus caras, y especialmente el juego de luces y sombras que dan un mayor dramatismo a la escena.






Un conjunto de retazos unidos en apariencia de forma caótica, constituyen el cuerpo de los protagonistas, quizás como una metáfora más dentro del cuadro de Chirico. Las distintas piezas proceden de diversos materiales: madera, cartón, metal, tela, cuero... Como si se tratase de un pequeño bodegón, el artista ha reflejado con detalle las diferentes características de los objetos, sus texturas, sus colores, sus brillos...







Protagonista ineludible en toda su producción pictórica, la “sombra” siempre está presente, alargada y misteriosa. Extendida sobre una amplia superficie del cuadro, fruto de una iluminación en un ángulo muy marcado, parece ir en aumento y querer atrapar todo lo que la rodea. El resultado produce una sensación extraña e inquietante, un misterio más para al espectador.