13 de enero de 2014

El Juicio de Paris, de Peter Paul Rubens


EL JUICIO DE PARIS

de
Peter Paul Rubens

Felipe IV, el coleccionista 
En torno al año 1639, el cardenal-infante Fernando de Austria, gobernador de los Países Bajos españoles, realizaba una visita a la Rubenshuis, la casa-taller que el pintor Peter Paul Rubens tenía en Amberes, por petición de su hermano, el rey Felipe IV. El monarca español había encargado una pintura de grandes proporciones, casi dos metros de alto por cuatro de ancho, sobre el tema mitológico del Juicio de Paris, destinada a adornar uno de los salones del madrileño Palacio del Buen Retiro. El cardenal-infante debía asegurarse de que la obra estuviese a la altura, puesto que por aquellos años el gran maestro flamenco ya era un anciano y además muy afectado por la gota -de hecho moriría un año después-. El lienzo no defraudó las altas expectativas, el informe que envió Fernando de Austria a su hermano fue muy positivo, llegando a afirmar que se trataba, sin lugar a dudas, de una de las obras maestras de Rubens. Sólo ponía un pero, las diosas aparecían impúdicamente desnudas, para colmo los rasgos de Afrodita eran los de la segunda y joven esposa del pintor, Helene Fourment. Detalles sin importancia que no molestaron a Felipe IV, un gran admirador del artista.


El Juicio de Paris 
El mito del Juicio de Paris es un tema recurrente en la historia del arte, especialmente en el Renacimiento y el Barroco. La historia que nos narra tiene su inicio durante las bodas entre el griego Peleo, rey de los mirmidones, y la nereida Tetis, a la que habían sido invitados tanto los reyes más importantes de la Hélade como los mismísimos dioses. A todos excepto a  Eris, la diosa de la Discordia, pues se temía que estropease la celebración por su difícil carácter. Molesta, porque la habían dejado de lado, se presentó en medio del banquete y lanzó en medio de la sala una manzana de oro donde había escrito: "para la más hermosa". Inmediatamente tres diosas reclamaron la manzana: Hera, Atenea y Afrodita, iniciándose una fuerte discusión. Eris había logrado su objetivo, vengarse sembrando la discordia entre los invitados. Finalmente Zeus se vio obligado a intervenir nombrando a un juez para dilucidara quién de las tres diosas era la más hermosa. El elegido fue el príncipe Paris, hijo del rey Príamo de Troya, puesto que vivía aislado, siempre en el campo como un simple pastor, y por tanto la elección que hiciese sería completamente inocente.

La escena 
Peter Paul Rubens nos muestra el momento exacto en que Paris, informado por Hermes de la tarea que Zeus le ha encargado, observa detenidamente a las diosas, tratando de juzgar a quién debía corresponder la manzana. Las tres divinidades se presentan desnudas para demostrar su espléndida belleza. Según algunas versiones del mito, cada diosa intentó sobornar al joven juez: Hera le ofreció convertirle en un poderoso rey, Atenea le ofreció dotarle de una gran inteligencia, mientras que Afrodita le ofreció el amor de la mujer que más desease. Incapaz de decidir cuál de todas era la más bella, Paris optó finalmente por conceder la manzana de oro a Afrodita, puesto que su oferta de amor era la que más le interesaba, y no las de poder ni inteligencia.


Los detalles
 


Cada uno de los personajes del cuadro aparece perfectamente identificado por sus atributos. Hermes lleva su sombrero y sus sandalias aladas, además de su caduceo con las dos serpientes enrrolladas. Mientras que la diosa Atenea, situada a la izquierda, es fácilmente reconocible por la armadura que reposa a sus pies.





La diosa Hera, a la derecha, está coronada por el polos, una alta corona cilíndrica destinada a las grandes deidades. También aparece representada junto a su animal característico, el pavo real. Por su parte Afrodita, en el centro de las tres diosas, aparece junto a su hijo Eros -Cupido en la mitología romana- armado con su arco y sus flechas.





El príncipe Paris como buen pastor está acompañado de un fiel lebrel, en su mano descansa el callado con el que guía a sus ovejas. Aparece con un gesto pensativo puesto que todavía no ha tomado una decisión. No obstante, Rubens nos muestra de antemano quien es la diosa elegida, ya que Afrodita está a punto de recibir una corona de flores que le acerca un amorcillo alado.



 
El taller del pintor 
A pesar de tratarse de una pintura de estilo Barroco, el artista ha compuesto la escena de una forma muy clásica, con todas las figuras distribuidas a la misma altura y en el mismo plano, como si se tratase de un friso, además de cerrar la composición enfrentando a los personajes de los extremos: Paris y Hera, que dan la espalda al espectador. De sobra es conocido que en su taller, Rubens sólo se encargaba de realizar los bocetos y pintar las zonas más complejas, el resto era trabajo de sus numerosos aprendices quienes después se convirtieron en ilustres pintores como Jordaens, Van Dyck, Fran Snyder... En este cuadro, sabemos con certeza que el paisaje del fondo es obra exclusiva de Lucas van Uden. Aun así, la pintura tiene los grandes rasgos de la obra de Rubens: tanto la viveza de color, de clara influencia veneciana, especialmente de Tiziano; como el fuerte movimiento de sus composiciones, con todas las figuras gesticulando o girándose; sin olvidar el fuerte moldeado de los cuerpos, herencia de Miguel Ángel, particularmente los femeninos, con sus características masas blandas y voluminosas, paradigma de sensualidad en aquella época.

Otros cuadros del artista en la página Art Project, de Google:

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