13 de noviembre de 2015

Autorretrato, de Alberto Durero


AUTORRETRATO
de 
Albrecht Dürer


El Renacimiento alemán
En el mundo del arte se conoce como Renacimiento nórdico al movimiento artístico que surge al norte de los Alpes en la primera mitad del siglo XVI, influenciado por el Renacimiento italiano. Cada uno de los países que lo componen, como Francia, Países Bajos, Inglaterra... desarrolla sus peculiaridades dando lugar a su versión del Renacimiento. Entre ellas está el Renacimiento alemán, característico por combinar elementos tanto del Cinquecento, del que toma la idealización y el equilibrio compositivo, como del Gótico flamenco, del que toma el detallismo y el gusto por la naturaleza. Este proceso de eclecticismo se produce gracias a las grandes rutas comerciales de Centroeuropa que cruzan Alemania poniendo en contacto ambos mundos. En consecuencia las ciudades comerciales alemanes, que forman parte de esas rutas, van a convertirse en centros culturales y artísticos donde se concentrarán los más importantes artistas alemanes de la época como  Matthias Grünewald, Albrecht Altdorfer o Lucas Cranach el Viejo, sin olvidar a Albrecht Dürer (Alberto Durero en español).

El artista de Núremberg
Hablar de Durero es hablar de su ciudad natal, Núremberg, una de las  ciudades más ricas y populosas del Sacro Imperio y situada en la ruta que unía Italia con la Liga Hanseática (la confederación de ciudades comerciales del mar Báltico). Además era una ciudad imperial libre, es decir, autónoma, que no pertenecía a ningún estado y que sólo tenía que pagar impuestos al emperador. Hasta esta ciudad tan próspera había emigrado el padre del artista, un orfebre húngaro que fue su primer maestro. Núremberg ofreció a Durero un lugar donde formarse como pintor, disfrutar de una gran vida cultural y además encontrar la prosperidad gracias al mecenazgo que todo artista necesitaba en aquella época. Concretamente la ciudad le puso en contacto con dos grandes fortunas que admiraron su obra y le realizaron numerosos encargos, especialmente retratos, se trata del famoso banquero alemán Jakob Fugger y del mismísimo emperador, Maximiliano I, quién le concedió una pensión anual, que después renovaría su nieto Carlos V. Durero apenas salió de su ciudad salvo un par de viajes de formación a Italia, o a alguna ciudad alemana en busca de nuevos clientes, especialmente para vender sus conocidos y demandados grabados.

Los retratos
Aunque la obra más prolífica y famosa de Durero son sus grabados, también es muy conocido por sus autorretratos. A lo largo de su vida llegó a realizar tres: el primero de ellos en 1493, al óleo sobre lienzo, conservado en el Museo del Louvre, en él aparece aún joven, imberbe, con un cardo en la mano, quizás realizado como un retrato de enamorado que enviar a su futura mujer, puesto que se casará un año después. El segundo data de 1498, en óleo sobre tabla, se custodia en el Museo del Prado, realizado tras su primer viaje de formación a Italia, en él se aprecia esa influencia tanto en el paisaje que se ve de fondo como en las ropas que lleva Durero, que aparece ya en la plenitud de la vida. El tercer retrato, el que nos ocupa, lo pintó en el año 1500, al óleo sobre tabla, se conserva en la Alte Pinakothek de Múnich. En él aparece vestido con una traje de piel, de tono marrón, en una postura frontal, mirando al espectador fijamente, con sus largos cabellos cayendo sobre sus hombros, y además barbado, una imagen que recuerda a la de Jesucristo, de ahí que también se le conozca como Autorretrato cristológico. 



Los detalles



Uno de los detalles que más destacan del cuadro es su cuidado equilibrio y proporción. Durero se autorretrata sobre un fondo muy oscuro que nos obliga a concentrarnos en su figura. Su rostro, ayudado por la disposición de los cabellos que caen sobre su ropa, forman un perfecto triángulo equilátero. Una composición racional y geométrica típica del Renacimiento. El equilibrio no se rompe ni con el efecto de la suave luz que entra por un lado para moldear mejor el rostro del artista, dejando sombreado el lado izquierdo de su cara.





Otro de los rasgos que mejor caracterizan al cuadro es la importancia de la mirada de Durero. No era común retratarse mirando de frente pues se reservaba a las imágenes divinas de Jesús o la Virgen. Al mirar directamente al espectador, el artista nos obliga a involucrarnos de forma más directa con la pintura. Además su mirada es tranquilizadora y serena, transmitiendo una sensación de quietud.







La mano del pintor también llama la atención en el lienzo, tiene un papel tan importante como el del rostro, pues es uno de los pocos elementos hay en el cuadro. El gesto de sus dedos, acariciando el borde de su pelliza, hace que nos fijemos en el detalle con que ha pintado cada uno de los pelos de las misma. Y, claro está, hacernos pensar en la suavidad que deben tener, transmitiéndonos una sensación de tacto donde no la hay, pues sólo estamos viendo una imagen. Pero además el gesto recuerda a una mano bendiciendo, volviendo a encontrar una similitud con un retrato cristológico.
 
 

 


A los lados, de Durero aparecen dos inscripciones en letras doradas sobre el fondo negro. La de la izquierda muestra la fecha del cuadro y el monograma del artista que usaba para firmar todos sus cuadros, una A mayúscula con una D en su interior. La de la derecha es un texto en latín, un recurso típico del retrato medieval que servía para identificar al retratado. Al ser un autorretrato la inscripción resulta un tanto irrelevante, así que Durero aprovecha para mandarnos un mensaje, su imagen perdurará en la eternidad:
Alberto Durero de Nuremberg, me retraté a mí mismo en colores imborrables a la edad de 28 años.

El debate
Mucho se ha debatido sobre la intención del pintor a la hora de realizar este autorretrato, especialmente por su fuerte parecido a una imagen cristológica.  Tradicionalmente se apuntaba como posible explicación que era una simple demostración de fe del propio Durero, reivindicando su religión cristiana.  Sin embargo las visiones más sensacionalistas defienden que el cuadro contiene mensajes ocultos, concretamente en la posición de la mano, como si nos mostrase un gesto que servía para identificarse dentro de una sociedad secreta. Actualmente se considera que Durero quería simplemente anunciar al mundo que el talento artístico del pintor es un don Divino. Por eso se pinta como una imagen que recuerda a Cristo y por eso lo que más destaca del retrato es su mirada y su mano, que son las dos armas con que cuenta un pintor.

Otros cuadros del artista, en alta resolución, de la pagina Art Project Google:

https://www.google.com/culturalinstitute/entity/%2Fm%2F0z6n?projectId=art-project 

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